Un regalo divino.
Lo especial de París.
Llegar a correr París había sido un anhelo que tenía desde hacía largo tiempo. Desde el año 1998, en que habíamos entrenado con Felipe Cabello y Jaime Winter con la intención de romper allí, por primera vez, la barrera de las tres horas. Ellos llegaron y cumplieron su objetivo, en tanto yo, por alguna razón, hube de quedarme sin viajar, pese a que logré cumplir lo propuesto acá en Santiago.
Había escuchado que la Maratón de París era una carrera bastante plana, llena de encanto, cálida, bien organizada y un verdadero recorrido turístico por los puntos más atractivos de la Ciudad Luz. Allá por Noviembre de 2003 se empezó a organizar un grupo de amigos que firmamos el compromiso. Fui uno de los primeros en inscribirme, ilusionado con la perspectiva de un hermoso viaje a Europa, de una espléndida carrera, con la posibilidad de un buen tiempo, y de unos momentos inolvidables con un grupo de buenos amigos. En ésta oportunidad la realidad superaría la expectativa. París no nos defraudaría.
El entrenamiento.
Como en otras oportunidades, desarrollé un programa con el objetivo de bajar las tres horas. Sabía que eso era riesgoso. Las últimas veces que había entrenado a ese nivel de exigencia, había sufrido frecuentes lesiones. Traté de introducir algunas modificaciones protectivas al programa: pretemporada de musculación, trabajos de pista a menos velocidad que en el pasado, mayor kilometraje total. El conjunto funcionó. Pese a molestias en las rodillas que fueron siempre en aumento, los meses de verano fueron pasando y el programa se cumplía. Soy de la opinión que, si se logra entrenar durante cuatro o cinco meses en forma consistente de acuerdo a un programa y sin lesiones, un maratonista experimentado está capacitado para correr una buena Maratón. En mi caso el entrenamiento se pudo realizar sin problemas esta vez. El control de media Maratón de Marzo sería el indicador de mi capacidad. Llegado el día del control, terminé en 1:25:29. De acuerdo a mi experiencia, ese tiempo proyectaba para mí una Maratón de algo más de tres horas.
Llegar a París.
El hombre propone y Dios dispone. A principios de Marzo, por razones de fuerza mayor, me había visto en la obligación de anular mis pasajes, e informar a todos mis amigos que no asistiría. Sorpresivamente, apenas dos semanas antes de la carrera, las cosas se fueron dando favorablemente, y con gran alegría, pude incorporarme de nuevo al grupo de los viajeros. El día Jueves primero de Abril, en una lluviosa mañana parisina, me encontraba con Ricardo Montero y Carlos Serrano frente a la pirámide de cristal del Louvre, para hacer el único trote previo a la carrera, hasta el Arco de Triunfo. Atrás quedaban Frankfurt, la Alsacia francesa, con el pueblito medieval de Riquewühir, la casa de Claude Monet en Giverny y la catedral de Reims, donde tantos reyes de Francia fueron coronados. Habíamos llegado a la maratón de París, y solo faltaba correrla.
La carrera.
Fue para mi una de las mejores maratones que he corrido. Ritmo parejo a lo largo de todo el recorrido, autocontrol permanente, y adecuado manejo del cansancio en los últimos kilómetros para no caer en el paso. Segunda mitad más rápida que la primera. En realidad, habría sido algo perfecto, a no ser por un detalle.
El detalle.
Desde el kilómetro 20 o algo así me había dado cuenta que adelante mío iban Gabriel Ruiz Tagle y Raimundo Valenzuela. Gabriel es un maratonista peligroso, con marca previa de 3:11 en Concepción, y muchas posibilidades de mejorar. Raimundo o “Paila” es temperamental y un tanto impredecible y estaba corriendo como no lo había hecho nunca de rápido, al lado de su amigo. Les di alcance en el kilómetro 22. Corrimos los tres juntos sin hablarnos, ayudándonos mutuamente a marcar ritmo, hasta el kilómetro 37. En ese momento, sentí que empezaban a rezagarse y de allí en adelante mi única preocupación iba a ser, creía yo, mantener el ritmo hasta la meta. El ritmo lo mantuve, pero alguien hizo más que eso. En plena Rue Foch, justo en la marca del kilómetro 42, con la meta a la vista, sentí algo así como unos gruñidos guturales a mi lado, y ví pasar, a toda velocidad, a Raimundo. Traté de resistirle pero, la verdad es que no estaba preparado para correr una carrera de 100 metros planos al final de una Maratón. Crucé la meta en 3:05:00, un segundo después del Paila. Gabriel llegó apenas 20 segundos detrás nuestro. En la meta nos esperaban José Luis Gonzalez y Fernando Guzmán, que pese a haber llegado hacía un rato, no se habían movido de la meta para recibir a sus compañeros.
La reunión posterior.
La gran mayoría de los Runners estaban muy satisfechos con su resultado. Se habían logrado cosas importante, como los 2:33 de José Luis Gonzalez, récord absoluto del Club, los 2:46 de Raimundo Errázuriz, 2:56 de Guzmán; y Juan Carlos Fernández había quebrado por fin la marca de las tres horas. Gabriel y Raimundo habían mejorado muchísimo sus marcas personales.
El día después.
Confiemos que así sea.
Enrique Urrejola























